“Dios vino a mi casa hoy”. Esas fueron las palabras de un niño mexicano llamado César, mientras me miraba. Yo no las escuché personalmente. Otro misionero me las compartió después. César, de unos diez años quizá, tiene parálisis cerebral. Proviene de una familia pobre, pero profundamente amorosa, que vive en Puebla, en la región centro-oriente de México.
Su casa era sencilla, pero hermosa en su dignidad. En las paredes colgaban un crucifijo y una imagen de la Última Cena. A su alrededor había familiares que se turnaban para cuidarlo. Ellos brindaban ayuda y César les ofrecía algo igual de importante: compañía, alegría y sonrisas.