Por: Rev. Jason Cargo
Especial para Revista Católica Dallas
“Dios vino a mi casa hoy”. Esas fueron las palabras de un niño mexicano llamado César, mientras me miraba. Yo no las escuché personalmente. Otro misionero me las compartió después. César, de unos diez años quizá, tiene parálisis cerebral. Proviene de una familia pobre, pero profundamente amorosa, que vive en Puebla, en la región centro-oriente de México.
Su casa era sencilla, pero hermosa en su dignidad. En las paredes colgaban un crucifijo y una imagen de la Última Cena. A su alrededor había familiares que se turnaban para cuidarlo. Ellos brindaban ayuda y César les ofrecía algo igual de importante: compañía, alegría y sonrisas.
César irradiaba luz. Su presencia llenaba el hogar de calidez. Cuando su mamá nos habló de su próxima Primera Comunión, una enorme sonrisa iluminó su rostro. No pude evitar reír y chocar las manos con él.
Estuve en la casa de César junto a miembros de mi parroquia, la Iglesia de San Marcos El Evangelista de Plano y a representantes de la American Wheelchair Mission (AWM). Fuimos a darle a César un regalo especial: una silla de ruedas.
Pero lo que verdaderamente esperábamos ofrecer era algo más profundo. A través de nuestra presencia y amor, queríamos compartir la esperanza que trae la fe. Y en medio de toda la emoción —conocer personas nuevas y recibir su silla de ruedas— César dijo: “Dios vino a mi casa hoy”.
Como sacerdote, estoy acostumbrado a que la gente me note cuando camino vestido con mi clériman.
En este viaje de misión y mientras estuve de visita en el Centro de Rehabilitación e Inclusión Infantil Teletón (CRIT) en Puebla, muchos se acercaron para pedirme bendiciones. Buscaban sanación y fortaleza para sus hijos.
Los niños que llegan al CRIT enfrentan severos desafíos de desarrollo. Algunos nacieron con trastornos debilitantes, otros se están recuperando de accidentes trágicos. Todos llegan buscando esperanza.
Al entrar al edificio son recibidos por personal lleno de compasión que los acompaña en sus citas y terapias. Pero también encuentran algo más: una capilla eucarística con una gran imagen de Jesús Resucitado. El mensaje es claro: en medio del sufrimiento, no están solos. Dios está con ellos mientras aman y cuidan a sus hijos.
Allí me encontraba la mañana antes de ir a conocer a César. Acababa de terminar de celebrar misa cuando la gente comenzó a reunirse en la entrada de la capilla simplemente para estar cerca de un sacerdote.
Uno tras otro, los padres acercaban a sus hijos para recibir una bendición. Recé sobre tantos pequeños, suplicándole a Dios que derramara sobre ellos su gracia sanadora. Esperaba que, en esos momentos compartidos de fe, Dios actuara con poder y que ocurrieran milagros.
Si ocurrió un milagro o no, no me corresponde saberlo. Pero sí sé esto: Dios estaba allí.
Después de la misa, mientras hablaba con otro misionero, una pequeña niña se acercó con su abuela. No tendría más de cuatro años. Me miró con unos ojos llenos de anhelo. He aprendido a reconocer esa mirada, incluso en alguien tan pequeño. Eran ojos que buscaban el toque de Dios.
Lentamente hizo la señal de la cruz con sus pequeñas manos. Yo me incliné, tracé suavemente la señal de la cruz sobre su frente y recé una bendición. Más que nada, quería que supiera que Dios estaba con ella.
Más tarde ese mismo día, cuando el misionero me contó lo que César había dicho, una ola de emoción recorrió mi cuerpo y mis ojos se llenaron de lágrimas. En ese momento comprendí nuevamente cuánto necesita la gente saber que no está sola, que Dios verdaderamente está con ellos.
Porque Dios me ha llamado a ser sacerdote, muchas veces me convierto, en mi humilde humanidad, en un signo visible de esa presencia.
He pensado mucho en las palabras de César. Sí, Dios vino a su casa aquel día a través del amor de los misioneros y a través de mis humildes manos sacerdotales. Pero lo que vi en los ojos de César —en los rostros de su mamá, hermanas, tío y primos— era algo aún más grande: Dios ya estaba allí. Y aquel día, en esa humilde casa de México, yo me encontré con Él.
El reverendo Jason Cargo es el párroco de la Iglesia de San Marcos El Evangelista en Plano.
Pie de foto: El reverendo Jason Cargo (centro) posa con miembros del Concilio # 6065 Santa María de Los Caballeros de Colón, representantes de American Wheelchair Association (AWM), César y su familia, el 14 de mayo en la localidad de San Juan Cuatlancingo, Puebla, México. (Foto Cortesía AWM/Rodrigo Epstein)












