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Educar desde el amor y como un acto de ternura

Por: Diana Torres-Rivera
Especial para Revista Católica Dallas

Todos hemos ido a la escuela. Tenemos hijos, nietos, sobrinos o familiares que asisten o asistieron a ella, y algunos de nosotros hemos hecho de la escuela nuestra casa fuera del hogar. Por eso, todos recordamos una clase o un grupo en particular: aquel que era especialmente inquieto, muy alegre, o que necesitaba, por así decirlo, un poco más de atención que otros.
Recuerdo una ocasión en la que llevé a uno de estos grupos a la clase de otro maestro. Ya tenían cierta fama, así que al verlos callados y alineados para entrar al salón, el maestro los felicitó y luego me preguntó, casi sorprendido: “¿Cómo lo hiciste? ¿Qué les diste?” Mi respuesta fue sencilla y sincera: amor.
Como educadores, como padres de familia y como miembros de una comunidad de fe, estamos llamados a mirar a la niñez y a la juventud con los ojos de Dios, “que tanto amó al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”, (Jn 3,16).
Esa mirada transforma. Nos recuerda que cada estudiante, cada niño, es un tesoro confiado a nuestras manos y a nuestro cuidado.
Educar desde el amor no significa ausencia de límites ni falta de exigencia. Tampoco es permisividad o cansancio disfrazado de paciencia. Educar desde el amor es sostener altas expectativas desde la ternura, la constancia y la esperanza. Es corregir sin humillar, acompañar sin rendirse y volver a empezar las veces que haga falta. Es entender que la disciplina florece mejor cuando nace de una relación y no del miedo.
En el aula, como en el hogar, el adulto presta su paz. Muchas veces los niños no llegan regulados, tranquilos o listos para aprender. Llegan con cargas invisibles, con emociones grandes y con historias que apenas empiezan a contar.
Cuando educamos con ternura, les ofrecemos seguridad. Y cuando un niño se siente visto, amado y respetado, puede aprender. La ternura crea ese espacio seguro donde el corazón se abre y la mente también.
Dios no salvó al mundo desde la distancia. Se acercó, se hizo carne, caminó con nosotros. Ese es el modelo que inspira nuestra vocación educativa. La escuela se convierte entonces en una extensión del hogar, y el educador en un testigo vivo del amor de Dios: un amor firme, paciente y profundamente humano.
En este mes en que celebramos el amor, renovemos nuestro compromiso de educar desde esa fuente inagotable.
Eduquemos con ternura, no porque sea fácil, sino porque es necesario. Eduquemos con la certeza de que cada gesto de amor siembra esperanza y de que, al hacerlo, participamos en la misión más hermosa: cuidar y formar corazones para la vida.

Diana Torres-Rivera es la directora de currículo e instrucción de la escuela de Santa Cecilia en Dallas.

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