Todos hemos ido a la escuela. Tenemos hijos, nietos, sobrinos o familiares que asisten o asistieron a ella, y algunos de nosotros hemos hecho de la escuela nuestra casa fuera del hogar. Por eso, todos recordamos una clase o un grupo en particular: aquel que era especialmente inquieto, muy alegre, o que necesitaba, por así decirlo, un poco más de atención que otros.
Recuerdo una ocasión en la que llevé a uno de estos grupos a la clase de otro maestro. Ya tenían cierta fama, así que al verlos callados y alineados para entrar al salón, el maestro los felicitó y luego me preguntó, casi sorprendido: “¿Cómo lo hiciste? ¿Qué les diste?” Mi respuesta fue sencilla y sincera: amor.
De la misma manera que la parroquia tiene el deber de servir a la comunidad, la escuela parroquial es parte esencial de ese mismo ambiente de servicio y misión. La escuela también tiene el deber de servir a la comunidad a la que pertenece, y su labor no puede entenderse separada de la vida parroquial. Por eso, construir puentes entre parroquia y escuela no es un detalle secundario, sino el primer paso para asegurar el éxito de la tarea evangelizadora y educativa que compartimos.
Las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— son un regalo de Dios que fortalece nuestra alma y nuestro ánimo en un mundo lleno de contrariedades y obstáculos.
La esperanza, entendida como la creencia inherente de que el futuro será mejor que el presente, se ilumina con la fe y con el amor que crece en nosotros a través de la vida sacramental.