Por: Diana Torres-Rivera/Especial para Revista Católica Dallas
En un mundo que se mueve con prisa, hemos aprendido a esperar resultados inmediatos. Queremos saber la temperatura y la buscamos en el teléfono; hacer una suma rápida, y abrimos la calculadora; capturar un momento, y levantamos la cámara antes de vivirlo. Tenemos respuestas instantáneas, entretenimiento constante y una gratificación casi automática. Sin embargo, esta cultura de inmediatez ha debilitado nuestra tolerancia a la frustración y ha desacreditado el valor formativo de la lucha.
El fracaso, en nuestra sociedad, se percibe como derrota. Pero desde una mirada cristiana, el fracaso puede ser maestro.
Maestro, padre o madre de familia, pregúntese: ¿cómo reacciono cuando enfrento contratiempos? ¿Cómo quiero que mis hijos o estudiantes reaccionen cuando se frustran? Nuestra respuesta modela la de ellos.
Los invito a contemplar a Jesús rezando en el huerto, anticipando la cruz y entregándose a la voluntad del Padre. Es un momento profundamente humano. Jesús experimenta angustia, duda, peso. Con todo lo que proclamó, con toda la verdad anunciada, aun así llegó a la cruz. A los ojos del mundo, aquello fue fracaso. Desde la fe, fue obediencia y amor llevados hasta el extremo.
Todos tenemos nuestras cruces. La manera en que las interpretamos cambiará nuestra actitud ante el sufrimiento y el error. Si vemos la cruz solo como dolor, evitaremos toda dificultad. Pero si la entendemos como camino de redención, aprenderemos a permanecer.
Para formar el carácter necesitamos más que éxitos. Necesitamos desarrollar fortaleza, templanza, justicia y prudencia, nuestras virtudes cardinales.
Y esas virtudes no se adquieren en la comodidad; se forjan en la perseverancia.
Para crecer en ellas, debemos aprender a fracasar.
Los contratiempos vendrán. Queremos proteger a nuestros hijos y estudiantes de todo dolor, pero si no les enseñamos a sobrellevar la frustración con fe, les estaremos robando herramientas para el futuro. Cuidado con minimizar sus luchas o decirles que “no tienen nada de qué quejarse”.
Reconozcamos sus emociones. Abramos espacios seguros para expresar frustración y tristeza. Pero no nos quedemos ahí.
Las emociones son mensajeros, no destinos. Nuestro deber como educadores es acompañar el proceso completo: validar, orientar y enseñar a levantarse.
Ayudarles a moverse de la frustración hacia la acción, del error hacia el aprendizaje, del hoyo hacia la esperanza.
Esta Cuaresma hagamos una pausa profunda. Permitamos que la cruz nos enseñe a educar con paciencia. Que no temamos al error ni huyamos del esfuerzo.
La cruz no es el final de la historia; es el camino hacia la vida. Y también, en el aula y en el hogar, puede convertirse en la clave pedagógica que forme corazones firmes y esperanzados.
Pie de foto: Participantes en la Cena de San Andrés realizada el 28 de octubre de 2025 en la Comunidad Católica De Todos Los Santos en Dallas, contemplan un crucifijo y oran durante el encuentro. (Foto: Archivo RC)














