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Educar desde la esperanza

Por: Dr. Diana Torres-Rivera

Especial para Revista Católica Dallas

Las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— son un regalo de Dios que fortalece nuestra alma y nuestro ánimo en un mundo lleno de contrariedades y obstáculos. 

La esperanza, entendida como la creencia inherente de que el futuro será mejor que el presente, se ilumina con la fe y con el amor que crece en nosotros a través de la vida sacramental. 

Como padres, estamos llamados a creer que el mundo que construimos para nuestros hijos puede y debe ser mejor; esta certeza nos motiva a seguir adelante y a criarlos a la luz de la doctrina social de la Iglesia. 

Como educadores, servimos guiados por la esperanza cada vez que preparamos una lección, fortalecemos los lazos con nuestros estudiantes y convertimos el aula en un hogar fuera del hogar. 

Creemos en mundos posibles cuando enseñamos y nos entregamos al mayor acto de esperanza que existe: educar no solo en conocimiento y destrezas, sino también en valores y virtudes que perduran.

Las escuelas católicas son espacios privilegiados para vivir la solidaridad como la materialización de la esperanza. Sin ella, corremos el riesgo de caer en el individualismo y de orientar la formación académica únicamente en el beneficio personal, en lugar de ponerla al servicio de la comunidad. Los maestros vivimos la esperanza siendo solidarios con nuestra comunidad escolar y parroquial. 

El servicio es el corazón de nuestra misión y la empatía es nuestra herramienta más valiosa. Cuando comprendemos que la lucha de unos es la lucha de todos, la enseñanza se vuelve real y urgente. 

Así, el aprendizaje se contextualiza en un marco humano y no meramente utilitario: el conocimiento y las destrezas importan, pero también son importantes los valores y virtudes que forman personas empáticas y mejores miembros de la sociedad. 

La esperanza también guía la disciplina con la que educamos. Al igual que los padres de familia, los maestros estamos llamados a prestar atención a la manera en que disciplinamos a nuestros estudiantes. 

Disciplinar desde la esperanza significa ver primero a cada niño y niña como hijo o hija de Dios, lleno de dignidad y merecedor de compasión. Esto no implica la ausencia de disciplina ni de consecuencias; al contrario, supone una disciplina anclada en la paz y no en la violencia física o emocional, acompañada de consecuencias apropiadas para la edad y la situación. 

La ausencia de consecuencias o disciplina es igual de dañina que una disciplina llena de amenazas o castigos exagerados. Los niños y niñas necesitan estructura para aprender a vivir en comunidad. Para ello, los adultos en su vida deben ser proactivos en sus hogares y escuelas al proveer un ambiente predecible, consistente y seguro. 

Así podrán aprender, tomar riesgos y por supuesto, poner a prueba nuestros límites. Pero sin límites, les hacemos un daño inmenso. 

Seguir los pasos de Jesús —quien rompió el molde al servir al prójimo, al marginado y a los niños— nos invita a ejercer una disciplina plena en empatía, amor y lógica, a la luz de la esperanza.

La doctora Diana Torres-Rivera es la directora de currículo e instrucción de la escuela de Santa Cecilia en Dallas. 

Pie de foto: Dos estudiantes de la escuela de Santa Cecilia, oran antes de iniciar clases el 13 de agosto de 2025, en el primer día de escuela del ciclo 2025-2026. Foto: Especial para RC/María Olivos

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