En un mundo que se mueve con prisa, hemos aprendido a esperar resultados inmediatos. Queremos saber la temperatura y la buscamos en el teléfono; hacer una suma rápida, y abrimos la calculadora; capturar un momento, y levantamos la cámara antes de vivirlo. Tenemos respuestas instantáneas, entretenimiento constante y una gratificación casi automática. Sin embargo, esta cultura de inmediatez ha debilitado nuestra tolerancia a la frustración y ha desacreditado el valor formativo de la lucha.